CARACAS, miércoles 04 de noviembre, 2009 | Actualizado hace
Cuando ya el chavismo sea historia, y no condenación eterna como juran multitud de venezolanos estamos destinados a tener -vaya usted a saber por cuál pecado original que los habitantes de este país cometimos en algún desafortunado Edén-, con extraño asombro descubriremos la asombrosa Gramática que los venezolanos de estos tiempos terribles fuimos creando.
En esa Gramática hubimos de acostumbrarnos a hablar en clave, y ello produjo -y sigue produciendo- muy variados nombres para lo mismo. Así, Chacumbele (o en apodo Chacu) para destacar las dotes de "autosuicida" que el tercio tiene, o Chapagón para destacar su obra destructora de la energía eléctrica, de esa que sólo produce "alumbrones" por toda la comarca, en vez de los viejos y caducos "apagones". Es el "hombre de múltiples nombres" y de acciones muy diversas que siempre parecieron tener una intención: la de Terminator.
Esa nueva Gramática también produjo nuevos conceptos, unos que rápido adquirieron una gran fuerza y que siempre se refirieron a lo que nos fue pasando. Uno de ellos, el que nos interesa hoy de modo particular: el trapo rojo. Este concepto por supuesto que no es totalmente original de estos tiempos. Su raíz, como sabemos, es taurina. Y dice de la inmediata relación con ese momento tan peligroso en el que el toro de lidia, en plena fiesta brava a punto de convertirse en degollina, ataca al torero caído e indefenso, obligando a que rápido salgan los ayudantes con distintos trapos rojos para distraer al toro enfurecido y así salvarle.
En tiempos del chavismo el trapo rojo ha sido considerado como una hábil estratagema política del régimen, el cual, cada vez que se veía atrapado en falso, producía una crisis más brutal o más llamativa, de modo que la opinión pública, perpleja, tornase su cara -y su atención- a lo nuevo y olvidase lo que primero había llamado su atención y provocado su estupor. La idea era, como de la explicación se colide: haz rápido algo peor, para que la atención cambie.
Lo asombroso es que la gente aceptaba el significado de la expresión y la consideraba una verdad del tamaño de un templo, concluyendo siempre en la "genialidad" de quienes crearon y ejecutaron con fastidiosa continuidad la estrategia. Asombra todavía más que perspicaces científicos y académicos de la conducta humana se quedasen con eso, dejando de lado sus efectos a largo plazo, los mismos en los que su ciencia insiste machaconamente.
En efecto, nunca se nos dijo cuál podría ser el resultado neto de la acumulación de tantos trapos rojos. Ni mucho menos: ¿por qué, si en el pasado reciente, escándalos sobre escándalos que pretendían tapar los anteriores, terminaron teniendo un efecto letal sobre la democracia de partidos, estos trapos rojos de ahora no iban a producir efectos similares? ¿Qué hay en la experiencia chavista que la convertiría en la "excepción de la regla"?
No se ve -o no se transmite a todos, ni se pone en la mesa de discusión- que es una estrategia suicida la de ir produciendo más escándalos y provocando mayor malestar en la población, esta de los trapos rojos. Que encima de contribuir decisivamente a tornar cínica a la población, no es otra cosa que un método muy eficaz de garantizarse el total descreimiento de parte de esa misma población. Los trapos rojos son, pues, como la alergia a los camarones: acumulativa y, al final, mortal.
Parienta cercana de los trapos rojos, es otra expresión también prestada: botar el sofá, que, como bien sabemos, se refiere al marido enardecido que encuentra a su mujer deleitando a otro sobre el "sofá" de la casa, y en vez de castigarles a ambos, cazados in fraganti, el marido deshonrado procede a& ¡castigar al inocente sofá escogido como lecho del acto bochornoso!
La traducción política es evidente: cuando se viola la ley de modo descarado, pues cambiemos la ley; o más desfachatado aún, convoquemos al inmaculado Tribunal Supremo para que él dictamine que todo siguió escrupulosamente la normativa vigente. De nuevo, nada se nos ha dicho del efecto a largo plazo, que no es otro que, cuando desde el poder se burla sistemáticamente la ley, la población le pierde el respeto y termina dándole la espalda.
Y este alejamiento de la población -a veces inadvertido y lento- ¿qué significa para este régimen? ¿Es que el descenso de a poco -pero consistente- de la popularidad del tercio en las encuestas, no muestra una hartazón peligrosa? Y eso que los psicólogos y sociólogos llaman "desapego" ¿no es letal para esta revolución?
antave38@yahoo.com
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